Lo vi. Lo vi en esos ojos profundos y oscuros. Vi el dolor, el hambre, la desesperación. Vi la impotencia, la injusticia por el futuro que les ha sido robado, la tristeza por las personas perdidas. Vi la ausencia de una infancia, el deseo de una vida mejor y las ganas de lucha. Me conmocionó que le quedara voluntad por seguir adelante, que tuviera la fuerza suficiente para despertar todos los días en una pesadilla. Me emocionó su bondad y hospitalidad, la madurez de su mirada a pesar de no tener ni diez años. Una única lágrima cayó por su tierno rostro, pidiéndome ayuda. Vi como suplicaba a gritos que alguien oyera su llanto silencioso, que alguien lo consolara con la esperanza de un mañana mejor. Algo en lo que aferrarse.
Esa noche lloré. Lloré como nunca he llorado. Lloré por él, porque me había tocado el corazón. Por todos los niños que como él, están perdidos en un mundo de miseria. De enfermedad. Y me juré que ni a un solo inocente más le faltaría un plato en la mesa. Que ningún niño tendría que prescindir de su infancia para sobrevivir. Haría que sus sonrisas dejaran de ser imposibles de trazar. Que tuvieran una vida digna.
Y lo que empezó siendo una aventura en un país desconocido, se convirtió en el motivo de toda una existencia.






